Hogar, dulce hogar

Vuelta a casa 2

Ya está. Estamos de vuelta en casa. El verano llega a su fin. Las vacaciones suponen (en teoría) un soplo de aire fresco en nuestras vidas, y hemos podido incluir nuevas experiencias en ellas. Descubrir nuevos lugares, hacer nuevas amistades, disfrutar del tiempo libre, probar comidas diferentes,…. ¡El verano es genial!

Y ahora los niños vuelven al colegio, y regresamos a nuestras vidas “normales”, llenas de rutina y tareas diarias que conocemos muy bien: los mismos trabajos, las mismas tareas domésticas, actividades extraescolares, las mismas caras conocidas,…

Son muchas las personas que, en esta época del año, se plantean la siguiente pregunta. ¿Y ahora qué? La vuelta a la normalidad nos hace desear que las vacaciones no se acabaran nunca, que ojalá no tuviese que volver a mi rutina.

Es natural sentirnos así. Y la neurociencia nos descubre que tanto la rutina como la novedad son necesarias para nuestro desarrollo. ¿Has oído hablar alguna vez de la teoría de los apegos? En realidad, no es solo una teoría, sino todo un conjunto de estudios y experimentos que apuntan en la misma dirección. Todo se reduce a esto: para que un niño se convierta en un individuo sano y equilibrado, necesita de un entorno donde sentirse seguro y protegido (como su hogar, y sus padres) desde el cual poder aventurarse y explorar cosas nuevas (vivir experiencias y aventuras), para poder regresar después a su refugio seguro.

Como vemos, hay un equilibrio entre ambas cosas; entre lo nuevo y lo viejo, lo conocido y lo desconocido, la emoción y la tranquilidad.

Y resulta que para nosotros, los adultos, es lo mismo. Estamos programados para ello. Nuestro cerebro funciona bajo la tensión permanente entre lo conocido y lo desconocido. Entre aquello que nos mantiene seguros y la necesidad de experimentar nuevas sensaciones. Es el poder de la inercia frente a la llamada de la aventura.

Si permanecemos en lo conocido durante mucho tiempo, nuestro cerebro comienza a perder capacidades. ¡Físicamente encoge!

Y si constantemente cambiamos y probamos cosas nuevas, nuestro cerebro nunca alcanzará la competencia para la que fue diseñado de obtener beneficios en base a repetir las mismas acciones.

Por tanto, ambas cosas son necesarias para un cerebro sano, para una vida saludable. Un refugio seguro al cual volver por seguridad y comodidad, y desde el cual podamos aventurarnos hacia lo desconocido, hacia lo nuevo.

Así que, tanto si te habías planteado ya la pregunta ¿y ahora qué? como si no, te propongo dar el paso hacia lo que podrían ser experiencias completamente nuevas. Actividades que te ayudarán a mejorar tu salud, tanto física como emocional, y que entrenarán tu mente para que puedas disfrutar con plenitud de cada momento de tu vida. Para ello te animo a unirte a nosotros en nuestras próximas clases regulares de Qi Gong, la gimnasia china de la eterna juventud; o te adentres en el camino del Reiki, un método de desarrollo personal para encontrar esa calma interior tanta veces necesitada; o bien comiences  a practicar Mindfulness, cuyos beneficios en el ámbito del estrés, ansiedad y depresión están cada día más demostrados científicamente.

Demos la bienvenida, pues, a este septiembre, como recibiríamos a un viejo amigo que viene a visitarnos. Nos recordará los viejos tiempos. Retomaremos nuestra conversación donde la dejamos por última vez. Nos reiremos. Crearemos nuevos recuerdos y apreciaremos los viejos.

Es bueno estar en casa.

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